La población autóctona, que vivía en una economía precapitalista, esquiva el trabajo en minas o plantaciones debido a las pagas irrisorias que por ello ofrecen. Las compañías coloniales imponen, entonces, el trabajo forzado: cada trabajador debe producir una cuota determinada diaria. Y si no la suministra, se le castiga con encierro, látigo, y toma de rehenes entre los miembros de la familia, a menudo sus hijos. Las poblaciones congolesas quedan a la merced de los agentes de las sociedades coloniales y de sus grupos armados, sin ningún marco jurídico ni contrapoder. Trabajos recientes de historiadores, como el belga Marchal, que inspiró al estadounidense Hochschild, han sacado a la luz ese período poco conocido del Estado independiente del Congo, como una era de portadores de cargas, trabajos forzados, y masacres. Los muertos se cuentan por centenas de miles, quizá millones.El instrumento de uso más extendido era la llamada chicotte, una especie de látigo que desgarraba las carnes del reo. Las primeras noticias de su uso se remontan a 1888. Este castigo se aplicaba incluso a niños, y no eran infrecuentes las muertes por su empleo. El uso de la chicotte perduró durante la administración belga del Congo y no fue abolido hasta 1959, en vísperas de la independencia.